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lunes, 12 de junio de 2017

O Brasil desde a janela do trem. Percepções e distorções dum arqueólogo estrangeiro



Conferencia

Fecha: lunes, 19 de junio de 2017
Hora: de 19:00 a 21:00.
Lugar: auditório do CCO (mezanino da Estação Brás - Praça Agente Cícero, s/nº - São Paulo, Brasil) 
Organiza: CPTM - pMF



Resumen: Esta palestra visa descrever, a grandes rasgos, algumas das mudanças que a ferrovia trouxe para o estado de São Paulo nos âmbitos cultural, social e ambiental. Para tal, o ponto de partida são os rastros físicos da implantação da ferrovia na área metropolitana de São Paulo, que são aproximados desde o olhar particular do arqueólogo. Se propõe, assim, uma outra narrativa, às vezes diferente e às vezes similar da explicação tradicional construída a partir das fontes escritas. 
As percepções e distorções são trabalhadas num duplo sentido. De um lado, a ideia do Brasil atual no imaginário do estrangeiro (o palestrante) e a explicação da construção de alguns dos elementos que integram a(s) cultura(s) brasileira(s) a partir da implantação e desenvolvimento das ferrovias. Do outro lado, as percepções e distorções da comunidade (o público assistente) a respeito da Arqueologia, comumente vinculada com passados remotos e ruínas, e não com realidades do nosso tempo (as ferrovias).
As oficinas da Companhia Paulista de Estradas de Ferro em Jundiaí são um elemento de grande protagonismo na fala, tanto para explicar como é que a Arqueologia trabalha com os vestígios da ferrovia quanto por refletir a circulação internacional de ideias, pessoas e coisas que explicam em parte o lugar ocupado pelo Brasil num mundo globalizado


jueves, 11 de mayo de 2017

Arqueologias do indizível





Fotografias integrantes de la exposición Dizer o indizível”, organizada en el marco de la IX Semana Nacional de Museus na UNIFAL-MG.

Arqueologias do indizível pretende ser um chamado de atenção sobre as histórias esquecidas e os relatos ocultos nos objetos ignorados, nas paisagens poluídas, na poeira que deixa o passo do tempo e na ruína revelada pela pós-modernidade.


Chemnitz (Alemania), 2009



Complexo FEPASA, Jundiaí (Brasil), 2015 



Juan Manuel Cano Sanchiz



+ info sobre la exposición



viernes, 28 de abril de 2017

Ladronzuelo de monedas



Relato breve


Oscuridad. Es de noche y una sombra se desliza liviana por los tejados de una ciudad antigua que duerme. La luz lunar, tamizada por nubes asalmonadas, apenas descubre a este gato humano que besa con sus pies las tejas, sin quebrarlas, y supera los desniveles de su camino clandestino sin emitir sonido alguno. Su objetivo está próximo, pero mantiene la cabeza fría y calcula bien sus movimientos. Algo más aprisa ahora. El cielo está rosa y amenaza agua. No quiere mojarse.
Ya ha llegado. El Museo Arqueológico ocupa un antiguo palacio. Ahí abajo, un patio central emana romanticismo. De puntillas, saca una cuerda de una oscura mochila, la amarra a un pequeño saliente encalado y desciende como una gota de pez hasta el suelo empedrado. Ahora solo resta coger aquello a por lo que ha venido. Y marcharse. Mañana: entrega y cobro. El hombre mira en rededor y se descubre rodeado de pedazos de edificios de un pasado que le parece muy lejano.
Camina entre restos de esculturas y otras piedras de forma humana. Se distrae con una mujer tullida, agachada, con los dedos de los pies enormes. Por un momento su imaginación vuela y olvida que no es un visitante en este museo: se pregunta quién sería, reconstruye la postura de sus brazos, imagina qué borró el gesto de su rostro de piedra... Vuelve a la realidad.
Comienza la búsqueda. Atraviesa una puerta situada en lado derecho del patio. Es la más grande y le parece lujosa y antigua. Más apropiada, piensa, para contener un tesoro. Saca de su mochila negra una linterna, pues la escasa luz lunar de esta noche de tormenta no consigue penetrar en el interior de la habitación. Sabe que lo que ha venido a buscar se encuentra en una vitrina. Eso le han dicho, por lo que se dirige directamente a una de las dos que hay en la sala. No hay monedas en ella, solo viejos cacharros, no muy distintos, por cierto, a los que de niño tenía en casa, allá en el pueblo. El contenido de la segunda vitrina tampoco le satisface.
Vuelve al patio y se dirige a la puerta situada junto a la escalera que conduce a la planta superior del palacio. Topa, nada más entrar, con su objetivo. Ilumina las monedas y las mira a través del cristal: poco más de una docena, y todas viejas, muy viejas, oxidadas y rotas, como pisadas en la vía por las ruedas del tren. Poco le importa. Solo le preocupa que se le pague lo prometido por este puñado de chatarra. Da un golpe seco en el cristal superior, que se crispa y deshace. Fuera, truena y comienza a llover. Las gotas de lluvia caen sobre la verdina de los tejados como los cristales rotos sobre el tapete verde de la vitrina. Sin dilación, recoge las monedas y las guarda en una pequeña bolsa de tela. Se dispone a marcharse ya.
Cruza el patio en busca de la cuerda, que le espera erguida y húmeda allí donde la dejó. Algunos relámpagos iluminan con sus flashes las esculturas que habitan el museo, que clavan en el ladrón su penetrante mirada sin ojos. El hombre asciende y emprende el camino de vuelta, más acelerado ahora, con la lluvia empapándole la ropa oscura. Lo ha conseguido, piensa, mañana entregará las monedas, recibirá su dinero y asunto concluido. Todo ha marchado según lo previsto.

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El sol brilla alto en el cielo y un hombre pequeño y obeso espera con impaciencia y dinero a una cita que se retrasa. Fuma, suda y se inquieta. Las aceras relucen por la lluvia de anoche, pero ahora el sol aprieta duro en un cielo azul y raso, imponiendo su presencia. El hombrecillo seca insistentemente el sudor de su rostro con un pañuelo blanco empapado. Su frágil corazón late acelerado, golpeándole el pecho. Esto le incomoda. Mira una y otra vez su reloj preguntándose por qué tarda tanto en aparecer aquel a quien espera. Al parecer, nadie le ha dicho que anoche la verdina mojada de un tejado quebró contra el suelo de la calle los huesos de un ladronzuelo de monedas.

Juan Manuel Cano Sanchiz



¿Te ha gustado? Si así es, me alegro, y aquí te dejo otros de mis relatos:


sábado, 1 de abril de 2017

O apanhador de desperdícios, de Manoel de Barros




Uso a palavra para compor meus silêncios.
Não gosto das palavras
fatigadas de informar.
Dou mais respeito
às que vivem de barriga no chão
tipo água pedra sapo.
Entendo bem o sotaque das águas.
Dou respeito às coisas desimportantes
e aos seres desimportantes.
Prezo insetos mais que aviões.
Prezo a velocidade
das tartarugas mais que as dos mísseis.
Tenho em mim esse atraso de nascença.
Eu fui aparelhado
para gostar de passarinhos.
Tenho abundância de ser feliz por isso.
Meu quintal é maior do que o mundo.
Sou um apanhador de desperdícios:
Amo os restos
como as boas moscas.
Queria que a minha voz tivesse um formato de canto.
Porque eu não sou da informática:
eu sou da invencionática.
Só uso a palavra para compor os meus silêncios.


Manoel de Barros
O apanhador de desperdícios
Memórias Inventadas, 2005





A soma de nossos dias (Maria Martins, 1954/55)


lunes, 13 de marzo de 2017

Paisaje industrial de Andalucía (España)



Andalucía ha sido tradicionalmente una tierra propicia al tópico. Sobre ella ha pesado la descripción, un tanto manida, de ser una región carente de industria, anclada en el campo y consumida en el atraso. Con base en el escaso desarrollo de su sector secundario a finales del siglo XX, ha cundido la idea de que esa coyuntura se ha perpetuado a lo largo de su historia. De manera que podríamos decir, siguiendo a Rafael Castejón, que las consecuencias históricas se han confundido con la historia en sí.

Lo cierto es que Andalucía no experimentó -al menos, no en su conjunto- una Revolución Industrial propiamente dicha, a la inglesa. Sin embargo, ello no implica que durante los siglos XIX y XX no tuvieran lugar numerosos cambios e intentos de industrialización, algunos más afortunados y otros menos, pero todos relevantes en la configuración de la región y la sociedad andaluzas. Como consecuencia, los paisajes de la industrialización en Andalucía son, por encima de todo, diversos, plurales; de ahí su riqueza. Comprenden las actividades mineras, metalúrgicas y siderúrgicas; la producción y el almacenamiento de alimentos; las construcciones metálicas y mecánicas; la fabricación de herramientas, tejidos y otros objetos de consumo; la construcción naval y la pesca; las obras públicas y las infraestructuras hidráulicas; la industria química; la fabricación de cementos, materiales constructivos, cerámicas y vidrios; la generación y distribución de energía; los ferrocarriles y el transporte; la vivienda; los espacios de distribución y consumo de bienes; los de socialización, educación, religión, cultura, deporte y ocio; o las huellas en el medio ambiente; entre tantos otros aspectos. No pretendemos describir aquí todas y cada una de las realidades que componen el patrimonio de la industrialización andaluz. Basten unas notas muy breves sobre dos de sus sectores dominantes: minero-metalúrgico y agroalimentario.

Pocos territorios pueden hacer gala de un repertorio más amplio de activos mineros que Andalucía. Sus depósitos encierran buena parte de los metales usados por la humanidad, así como combustibles fósiles y otros recursos. Tanto es así que la historia de esta región está íntimamente ligada a la de sus explotaciones mineras y a los distintos pueblos que, desde el Calcolítico hasta nuestros días, se trasladaron a estas tierras atraídos por su riqueza en metales. Riotinto, seguramente el ejemplo más conocido, es buena prueba de ello. En aquel lugar las huellas de la explotación inglesa se solapan sobre las de otras fases históricas -muchas veces, borrándolas-, formando, junto con el singular medio en el que se encuentran, un conjunto de valor universal. Más allá de Riotinto y la gran cicatriz de Corta Atalaya, el patrimonio minero andaluz se extiende por el resto de la Faja Pirítica Ibérica, por el Alquife granadino, por los numerosos criaderos metálicos de Sierra Morena, por sus cuencas carboneras o por la menos conocida Sierra Almagrera, entre tantos otros lugares.

Conducción de humos de la fundición de piritas de Riotinto, Huelva (J.M. Cano)


Estrechamente ligadas al sector minero, siderurgia y metalurgia jugaron asimismo un rol decisivo en la industrialización andaluza, a pesar de que, como en aquel, las iniciativas más importantes correspondieron a emprendedores extranjeros. Piénsese, por ejemplo, en los hornos altos malagueños, las fundiciones de plomo linarenses o el amplio conjunto industrial de Peñarroya-Pueblonuevo. Este último, levantado por la francesa Société Minière et Métallurgique de Peñarroya desde finales del siglo XIX, es buen ejemplo de un centro de producción integral y autónomo diseñado para un completo aprovechamiento de los recursos del territorio. También, una clara muestra del colonialismo económico característico de la época. Hoy constituye uno de los yacimientos industriales más importantes de Europa, así como uno de los más maltratados.

Desplatación, en el cerco industrial de Peñarroya-Pueblonuevo, Córdoba (J.M. Cano)


Por su parte, la tradicional preponderancia del campo en la economía andaluza también tuvo un marcado peso en la configuración de su paisaje industrial. Molinos y fábricas de harinas y pastas; lagares y bodegas; mataderos; almazaras; destilerías y fábricas de cervezas y gaseosas; salinas, almadrabas y conserveras; fábricas de azúcar, salsas y dulces salpican toda la región, dando buena cuenta del potencial del campo andaluz y de la diversidad de la dieta mediterránea. El patrimonio agroindustrial de Andalucía es, ciertamente, muy amplio. Uno de sus ejemplos más singulares tal vez sea el constituido por el conjunto de trapiches, ingenios y fábricas dedicados a la fabricación de azúcar de caña en la Costa del Sol Oriental, que no puede entenderse sin el marco litoral en el que se desarrolla, el paisaje social de la zafra y la cultura propia de los colonos agroindustriales.

Una maceta con forma de pan de azúcar en Frigiliana, Málaga (Mª A. Medina)


Más allá de la producción y sus medios de distribución y consumo, el paisaje de la industria debe ser entendido como un escenario fundamentalmente humano. Hablamos de espacios de labor. Es decir, de lugares de tensión y confrontación donde las personas se enfrentan entre sí, con la máquina y con el tiempo, como brillantemente defiende Julián Sobrino. Los espacios de la producción constituyen un elemento fundamental para entender la sociedad actual, pero no son menos importantes las zonas de vivienda y esparcimiento, o las infraestructuras destinadas a la educación, la sanidad o la religión. De nuevo, Andalucía posee un amplio catálogo patrimonial al respecto. Un patrimonio muchas veces aún vivo, que rebasa lo material -archivos y fondos documentales inclusive- y se expande por las tradiciones, las costumbres y la cultura del trabajo. En definitiva, un legado que es necesario comprender, difundir, preservar y activar.

Casa de mis abuelos en la barriada obrera Electromecánicas III, Córdoba (J.M. Cano)    




Para saber más:
  • CASTEJÓN MONTIJANO, R. (1977): Génesis y desarrollo de una sociedad mercantil e industrial en Andalucía: La Casa Carbonell en Córdoba (1866-1918), Córdoba.
  • NADAL i OLLER, J. (1983): “Andalucía, paraíso de los metales no ferrosos”. In: DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. (Dir.): La Andalucía Contemporánea (1868-1983), Historia de Andalucía, vol. VII, Madrid, pp. 179-240.
  • PÉREZ PLAZA, A. (Coord.) (2008): El paisaje industrial en Andalucía, Jornadas Europeas de Patrimonio 2008, Sevilla.
  • SOBRINO SIMAL, J. (1997): “Balance de la situación del Patrimonio Industrial Andaluz”, PH Boletín 21, pp. 130-136
  • SOBRINO SIMAL, J. (1998): Arquitectura de la industria en Andalucía, Sevilla.



martes, 7 de marzo de 2017

lunes, 23 de enero de 2017

El convertidor en el metalurgia del cobre (desde el punto de vista de los ingenieros de la industrialización)




El 4 de enero de 1856, Henry Bessemer inscribió una patente (adelantándose a Kelly, tal vez su primerísimo inventor) que revolucionaría el desarrollo histórico de la siderurgia y la metalurgia: había ideado un conversor en el que se introducía hierro y se obtenía acero (Simpson 1948, 201; Yorke 2007, 42-45). El milagro se obraba en un tiempo muy breve y con un consumo de combustible mínimo, lo que se conseguía inyectando aire u oxígeno en el hierro fundido (vid. Scoffern et al. 1857, 255).

Convertidores Bessemer para la fabricación de acero: durante la descarga (izq.) y en funcionamiento (dcha.) (Horne 1913, anteportada)

El éxito que alcanzó el proceso Bessemer para eliminar los metaloides en el hierro por oxidación condujo a que pronto se experimentara con su aplicación en el tratamiento de los minerales de cobre sulfurosos, primero, y de las matas, después. Así, el convertidor Bessemer se adoptó en y adaptó a la metalurgia del cobre (vid. Hiorns 1901, 311; Rhead 1907, 172; Huntington y McMillan 1904, 326).
La llegada del convertidor a las fundiciones de cobre transformó su refino de manera significativa. Las palabras de L. García Alix (1910, 33) dan buena cuenta de ello: “Modernamente la introducción en la Metalurgia del cobre del procedimiento del convertidor Bessemer propiamente dicho o con sus perfeccionamientos y modificaciones ha ocasionado una verdadera revolución y ha disminuido el número de operaciones hasta llegar al resultado final, á la vez que permite mayores economías, puesto que el costo de aparatos y máquinas para suministrar el aire necesario no llega ni con mucho á los gastos de combustible, aparatos y mano de obra de los otros procedimientos; además la rapidez y simplificación del método justifica su rápida adaptación en todos los lugares donde se obtiene cobre”.
Con todo, fue preciso salvar varios obstáculos. En 1880, por ejemplo, Manhes logró solucionar un importante problema: la obstrucción de las toberas de inyección de aire con el metal que se solidificaba al enfriarse. Manhes diseñó convertidores en los que las toberas se disponían a los lados y a suficiente altura del fondo para que el cobre producido quedara por debajo de ellas. En su convertidor, la oxidación de la mata y la reacción entre sulfuros y óxidos generaba suficiente calor como para mantener el total de la carga fundida, mientras que el cobre, reducido, se hundía hacia el espacio muerto en el fondo del convertidor, fuera del campo de acción de los chorros de aire (Huntington y McMillan 1904, 327; Rhead 1907, 172).
Los convertidores para cobre, que funcionaban mejor con una mata al 50-55% Cu (Huntington y McMillan 1904, 327), presentaban aproximadamente forma de barril, con las toberas dispuestas, como decimos, a cierta distancia del fondo o bien en el lado contrario al de inclinación del aparato (Huntington y McMillan 1904, 330; Rhead 1907, 172). Se construían generalmente en tres secciones con hierro colado o forjado. Las carcasas o armazones externos solían ser de unos 8 pies (2,43 m) de altura por 5 pies (1,52 m) de diámetro. Se mantenían suspendidos sobre 2 muñones, uno a cada lado. Los recubrimientos internos, que debían ser remplazados con frecuencia, estaban compuestos por cuarzos triturados y cerca de un 20% de arcilla plástica; alcanzaban las 18 pulgadas (45,72 cm) en la parte baja (Huntington y McMillan 1904, 328).

Convertidor Peirce-Smith para la obtención de cobre blíster: secciones y vista lateral
(Pyne 1945, 242-43, Figs. 3a, 3b)

La manera de operar con un convertidor como el descrito era, grosso modo, la que sigue (Huntington y McMillan 1904, 329):
1. El convertidor se colocaba en posición horizontal y la carga era introducida a través de su pico de colada o trompa (nose), al tiempo que soplaba un chorro de aire ligero.
2. Cargado el convertidor y en posición horizontal, el chorro de aire se aplicaba con toda su fuerza (c. 11 libras por pulgada cuadrada -4,98 kg por 2,54 cm2-). La inyección de aire continuaba prácticamente hasta que todo el hierro contenido en la mata se convertía en óxido.
3.  El óxido de hierro se unía a la sílice del revestimiento, produciéndose una escoria fundida que era retirada de la superficie o vertida inclinando de nuevo el convertidor. Esta escoria, que podía contener alrededor de un 2% Cu, era devuelta al horno para su refundición. Una pequeña cantidad de mata podía caer junto a la escoria, pero era fácilmente recuperable una vez enfriada.
4.  El convertidor se colocaba de nuevo en posición vertical y la inyección de aire continuaba hasta que casi la totalidad del azufre se oxidaba y se obtenía un cobre blíster con una pureza del 99%.
5. Finalizado el proceso, el convertidor se volcaba de nuevo, vertiendo su contenido en moldes de cobre.

Convertidor de cobre en el momento de la carga, en una imagen de mediados del siglo XX
(C.D.A. 1952, 28, fig. 21)

El proceso descrito solo requería, en condiciones normales, entre una y dos horas para convertir la mata en blíster (vid. Huntington y McMillan 1904, 229-330), lo que supuso un importante avance en la producción industrial de cobre refinado. Además, el convertidor vino acompañada de otra serie de innovaciones que simplificaron los procesos de producción de cobre metálico. De esta forma, a mediados del siglo XX la extracción de cobre por la vía pirometalúrgica se había reducido a tres pasos: calcinación del mineral en horno de reverbero, fundición para obtener mata y conversión de la mata en cobre blíster (vid. C.D.A. 1952, 23 ss).



Para saber más:
  • C.D.A. (Copper Development Association) (1952): Copper. Its ores, mining and extraction, Radlett.
  • GARCÍA ALIX, L. (1910): Proyecto de aprovechamiento de piritas, Escuela Especial de Minas de Madrid, Hemeroteca de la E.T.S.I. de Minas de la Universidad Politécnica de Madrid.
  • HIORNS, A. H. (1901): Principles of Metallurgy, Londres.
  • HORNE, A. R. (1913): The Age of Machinery. The Forces of Nature turned to the Service of Man, Glasgow.
  • HUNTINGTON, A. K.; McMILLAN, W. G. (1904): Metals. Their properties and treatment, Londres, Nueva York y Bombay.
  • PYNE, F. R. (1945): “The metallurgy of copper”. In: LIDDELL, D. M. (Ed.): Handbook of Nonferrous Metallurgy. Recovery of the metals, Nueva York y Londres.
  • RHEAD, E. L. (1907): Metallurgy. An elementary text-book, Londres y Becles
  • SCOFFERN, J. et al. (1857): The useful metals and their alloys, including mining ventilation, mining jurisprudence and metallurgic chemistry, employed in the conversion of iron, copper, tin, zinc, antimony, and lead ores; with their applications to the industrial arts, Londres.
  • SIMPSON, B. L. (1948): Development of the Metal Casting Industry, Chicago.
  • YORKE, S. (2007): The Industrial Revolution explained, Cambridge.